« SENTIDO DE LA VIDA | Home | ADOLESCENTES PREOCUPADOS »

VOLVERSE FUERTE

By angeles | Abril 19, 2010

VOLVERSE FUERTE

PREGUNTA

Me dan ataques de llanto de la nada, me da sentimiento y lloro por lo que me dicen, si me hablan fuerte o me hacen mala cara. Yo trato con respeto a todas las personas y no puedo hacer malas caras, no es mi estilo. Quisiera ser fuerte y poder decir “me vale”. Una compañera me aconsejó: “Para que sientas tu fuerza, pellízcate”. Lo hice y me saqué un morete, pero pensé: “No me gusta hacerme daño, yo me quiero mucho”. ¿Cómo puedo volverme fuerte?

RESPUESTA

Había una vez una joven que vivía muy pobremente, sin saber que un tío rico le había dejado millones de dólares como herencia. Vino un abogado y le notificó: “Usted es heredera de una gran fortuna”, pero ella no le creyó y se puso a llorar, diciendo: “Por favor, nos se burle usted de mi pobreza ni me haga esas bromas”. El abogado insistió en su noticia y ella en su incredulidad y… ¿adivinaste? No pudo cambiar de manera de pensar y siguió pobre.

Tú te hiciste un moretón; sin embargo, dudas de tu fuerza. ¿Se tratará de un problema de incredulidad? De ser así, difícilmente podría alguien curarte, pues “no hay peor ciego que el que no quiere ver”. Sospecho que no quieres ver tu fuerza, tampoco tu agresividad. ¿Por qué será?

Digamos que no las ves para no tener que reconocer que sí haces daño. Todos “hacemos daño”, aunque no queramos. El segundo hermano “le hace daño” al primero por nacer y reclamar un lugar; un bebé a su mamá cuando necesita nacer; un esposo a la esposa por exigirle que renuncie a tener otras parejas; todos a nuestros semejantes si requerimos de su ayuda, del sacrificio de su comodidad o del de su manera de pensar; también “les hacemos daño” al maíz, al frijol, a las verduras, al pollo o a la vaca cuando necesitamos quitarles la vida para comérnoslos… Es el orden del universo.

También tú haces daño. No con malas caras, sino con el llanto. ¿Cómo nos sentimos cuando vemos llorar a alguien? Mal e incómodos. Inmediatamente buscamos hacer algo para consolar a esa persona, y pensamos: “¿Hice algo malo?, ¿tengo yo la culpa?, ¿la habré lastimado?”. Preferimos saber qué es lo que pasa, en lugar de soportar la duda y la culpabilidad, y le preguntamos: “¿Qué tienes?”. Si la situación se repite con frecuencia, duda y culpa se convierten en enojo y “nos vengamos” del mal rato. Quizá ella llore todavía más y con mayor razón, pero ya no estamos dispuestos a saber qué le pasa, el enojo se ha convertido en desprecio y probablemente digamos: “Eres un chillón o una chillona”. Listo, tan campantes mientras nuestro interlocutor se queda con el corazón quebrado. O a lo mejor aguantamos sin vengarnos, y el corazón herido es el nuestro, mientras nos preguntamos: “¿Por qué hago llorar a los que son débiles?”. Así, uno y otro, el que llora y el que ve llorar, van formándose una imagen de sí mismos que no les gusta. Este daño no se hace adrede, pero es real.

¿Qué hacer, entonces? Aceptar y agradecer lo que nos ofrecen o pedimos para satisfacer nuestras necesidades. También, reconocer que es necesario que los otros nos ocasionen alguna incomodidad. Cuando consentimos a esto, el llanto se presenta con menos frecuencia.

 

Commentarios